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Libro físico con Pseudónimo Especial ($430) Cuentos Atroces - SKAHD .l. | Autores Editores
El no opone resistencia piensa que su fin ha llegado. Fue tonto esperar que esos desgraciados esperaran hasta la noche para cobrar su horrendo pago. Se lamenta por haber tentado al destino así y por haber dejado su casa. Se siente aturdido y mareado, recuerda que se empezó a sentir así desde que fumó ese cigarrillo. Después su mente va a tantos pensamientos autocompasivos para asimilar que su fin había llegado que no pone nada de atención al movimiento de los hombres que lo cargan.
Cae al piso y arrodillado le quitan la capucha de un tirón.
—¿Tu querías esto?
Un hombre grande con el rostro tras las sombras le avienta un pequeño trapo ensangrentado. Le desatan las manos. Le arden un poco los ojos y siente que su cabeza da vueltas.
—¿Lo quieres o no?
Estira sus manos con una sensación de mareo en su cuerpo y levanta el trapo. Una oreja llena de sangre cae. Él la ve y confundido por la droga que fumó y por todo lo que está pasando, agacha la cabeza y oculta la mirada. Desde la parte más oscura del lugar un hombre sentado tras de una mesa, que apenas y se puede ver le dice.
—Salvaste a una hija nuestra, por eso estoy en deuda contigo. Pero no te conocemos por eso te hemos traído así.
El trata de ver quien le está hablando.
—No sabemos quién eres pero nos han hablado bien de ti. Si necesitas ayuda acudiremos.
De nuevo la capucha se insertó de un tirón en su cabeza. Y lo alzaron.
—¡No lo amarren!
Alguien lo alza en un hombro y lo saca rápidamente de ahí. El sigue estupefacto. Entre el mareo la imagen de la oreja mutilada y todo lo que ha pasado siente una nubosidad en su mente que no lo deja pensar bien ni actuar. Solo entiende que no debió fumar de ese cigarrillo y si lo que quería era tocar la mano de la mujer, había muchas mejores formas de hacerlo. El que lo cargaba avanzó rápido. Al final sintió un gran salto y lo depositaron en el piso. Le quitaron la capucha. Estaba en la esquina de una calle perpendicular a la calle que daba de frente al pasaje comercial.
—Él dijo que te ayudaríamos si lo necesitabas. Si es así aúlla.
Lo miró sin entender.
—Como un lobo.
Le aventaron la oreja enfrente de la cara.
—Pero te estaremos vigilando, para saber quién eres en verdad.
Mientras veía la oreja frente a él en el piso, sentía dolor en los huesos de la cadera y una horrible sensación en el pecho, como si sus costillas hubieran chocado unas contra otras. La oreja tenía restos de piel y seguía mojada por la sangre aun escurriéndole. La habían cortado en carne viva. Su estómago dio varios espasmos vacíos. No tenía alimento que sacar. Luego recargo su cabeza en el piso y palideció deseando llorar. Había vuelto a la pesadilla.
Se levantó y caminó lento, adolorido y con la mano en el vientre, aun disperso por el cigarrillo del que fumo. Deseaba recostarse. Sin pensarlo se dirigió al alberge. Todos lo vieron pasar, refunfuñando y haciéndole caras pero notaron algo extraño, nunca habían visto a ninguno de ellos entrar así. El los ignoraba solo consiente de sus malestares. Al entrar al refugio, vio a dos policías ahí y a la mujer hablando con ellos. Se acercó para ver si podía escuchar algo pero ella ya los había despachado autoritaria y ofendida mente. Los vio pasar junto a él y ellos lo vieron de reojo encorvado y hambriento como a cualquier vagabundo. Tras ellos estaba la mujer que lo miró fijamente a los ojos, él sintió que le ardió el estómago. Luego apartó su vista furiosamente y se alejó a la esquina del refugio bajo la maleza y entró a gatas ahí.
Los policías se habían ido. Por lo visto no encontraron nada ni hicieron nada para no variar. Él se derrumbó en el hueco que había escogido para dormir. Se sentía famélico y aun confundido por lo anterior. Se recostó ahí un rato, pasmado esperando que su cerebro tuviera alguna idea y le dijera que hacer respecto a haber perdido la oportunidad de mostrar la evidencia a la policía. Descansó su cabeza fuera del hueco, todo le daba vueltas. Miró para ambos lados y se encontró en medio de dos semi cadáveres inyectados de heroína bien acomodados en lo que fácilmente seria su tumba. Pensó que si se cubrían con tierra ahí mismo podría parecer que nunca existieron o que nunca estuvieron ahí. Luego se vio él mismo dentro de un agujero y notó que estaba en una situación muy parecida. Pensó que estos no eran huecos para dormir sino tumbas. Pero no tenía animo ni humor para siquiera levantarse. Deseaba largarse de ahí y de pronto la idea de pagar un convoy armado que terminara con todo esto no sonaba nada mal. Dejó caer su cabeza de lado y volvió a ver junto al adicto del hueco de la derecha una tela azul, medio enterrada y rellena, el adicto seguía inconsciente, así que sin pensarlo se estiro y toco esta tela que por alguna razón le causaba curiosidad. ¿Circular por un lado, una esquina por el otro?
¡Era un brazo! ¡Era una chamarra y dentro tenía un brazo! ¡Era un cadáver medio enterrado ahí! Se levantó de un salto, ignorando el mareo y el pánico que sentía y corrió afuera. Vio una patrulla y corrió para alcanzarla pero antes de que estuviera cerca ya había arrancado y se fue. Se insultó y maldijo a sí mismo. ¿Cómo no vio eso antes? Esa era justo la oportunidad para demostrar donde estaban los asesinos que estaban haciendo los maniquíes y la había perdido por no investigar bien cuando habló con esos herómanos. Se golpeaba la cabeza con desesperación y arrepentimiento muy encorvado viendo el piso cuando alguien se le acercó.
—¿Acaso querías mostrarles lo que hay en el refugio?
Él volteó y lo miró. Era el hombre que se sentó junto a él unas noches antes.
—Con eso que traes en la bolsa no creo que te hubiera ido muy bien. —Continúo el hombre.
Al oír sus palabras, pensó en cómo es que sabía lo que tenía en la bolsa.
—Con la finta que tienes de seguro antes de ir a revisar lo que les dijeras te hubieran revisado a ti primero.
Se irguió furioso dispuesto a atacarlo pues sabía que podría con un solo hombre. Y estaba a punto de tomarlo por las ropas cuando este prosiguió.
—¿Y quiénes eran esos que te trajeron, eh? Nunca vi que alguien llevara a un hombre de esa forma y menos que le diera un regalo tan especial.
Lo tomo de la sudadera blanca y percudida que tenía puesta.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo has visto todo eso? ¿Quién eres? —Le gritó.
—Yo estaba pidiendo dinero ahí, cuando vi que unas personas brincaron la pared y te dejaron a ti en esa calle. También te vi llamar con un teléfono en la mañana. ¿A quién llamaste? ¿A la policía?
—No claro que no. Solo marque…
—No importa. Pero no dejes que nadie más te vea hacerlo.
Lo mira con la boca abierta mientras sus pensamientos pasan lentamente frente a él tratando de deducir lo qué estaba pasando.
—Es una pena que la hayan matado, son unos desgraciados. Nadie nos volverá a regalar comida como esa.
—¡Malditos! ¿Cómo pudieron ser capaces?
—¿Pero tú que haces aquí? ¿Cómo pudo llegar una persona como tu aquí?
Se quedó estupefacto pensando a qué se refería con lo que le estaba diciendo.
—Su pongo que también quieres acabar con ellos. ¿No es así? —Prosiguió.
—Nunca había sentido tanto odio como lo estoy sintiendo ahora.
—Tienes suerte de que ninguno de ellos lea los periódicos.
Él se quedó congelado pensando en que eso había sido una pésima idea.
—Apuesto a que no tenías ni idea de la magnitud de esto. ¿Ya te diste cuenta que no es uno solo? Son todos y nos obligan a hacerlo.
—Lo hare. De alguna forma lo terminaré.
—No puedes dejar a ninguno con vida, algunos ya son adictos a esto otros ya lo eran y si uno solo escapa todo podría continuar.
Se preguntaba si él sabría en verdad quien era o solo tenía una idea aproximada. Piensa en decirle que traerá a un grupo de militares a acabar con todos pero si lo hace revelaría definitivamente su identidad y no le parece algo adecuado hacer eso.
—…
—¿Esa niña que trajiste? Donde está ahora.
—¡Que te importa!
—Espero que la hayas ocultado bien.
—Desgraciado. —Lo sujeta nuevamente por la ropa.
—Tranquilo, solo quiero ayudarte, estoy harto de él.
—¿De él?
—Sí, del dueño.
—¿Es el que los obliga a hacer todo esto verdad?
—No, ya te dije hay unos tan dementes que ya hacían cosas así, este fue un verdadero refugio para ellos. Pero el dueño en verdad se cree el dueño de todos nosotros y eso me tiene harto.
—¿Quién es ese?
—El que vive en la parte más oscura del lugar.
—Pero ahí solo vive una mujer obesa.
—O no, ella no es la única que vive ahí, ella es solo su concubina o más bien su esclava, él siempre está ahí, y ella hace todo por él.
—¿Enserió?
—Sí, él la secuestro cuando tenía 11 años, y la mantuvo cautiva desde entonces, luego comenzó a violarla, igualmente a tratarla bien y ella terminó enamorándose de él.
—Síndrome de Estocolmo.
—Así es, perdió toda su identidad, le dice que ese terreno es de ella pero cuando la golpea y la sodomiza la despoja de todo, aun así, al día siguiente ella sale a buscar la comida para los dos. Fueron los primeros en vivir ahí luego llegaron más mendigos y entre ellos verdaderos asesinos que no dejaron ir a los que no lo eran.
—¿Hace cuánto empezó esto?
—Yo llevo ahí solo uno, año. Si supieras lo que se hacía antes con los cadáveres.
—¿Pero cómo lo permiten? ¿Por qué no sacan a esos malditos vagos de ahí?
—Porque él es el verdadero dueño del lugar, tiene las escrituras por herencia. Ante el juez no pareció ser un demente y nadie pudo sacarlo de ahí. Pero con eso se creyó el dueño nuestro también.
—¡Maldito! ¿Cómo lo hacemos salir?
—Ya te lo dije tienes que acabar con todos, no puedes matarlo solo a él.
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