Anterior: Cuentos Atroces parte 12
Comprá el eBock kindle (oferta $149.9) Amazon KDP
Libro físico con Pseudónimo Especial ($430) Cuentos Atroces - SKAHD .l. | Autores Editores
Yo estaba aquí de nuevo. Donde lo humillaron. ¿Y que no las tocara? Ja pues iba a robarlas. Hoy en día ya no me parecía increíble que estas armas permanecieran aquí afuera todo el tiempo. Casi nadie del barrio pasaba por este callejón y alguien de fuera menos. Normalmente no había fuereños por nuestra colonia. Brinqué la baja barda de fierro que rodeaba el jardín, levanté el plástico que cubría las armas y tome la única con silenciador, era una P99. También había Derser Eagle, escopetas, subfusiles y en la otra mesa rifles de asalto, miras y rifles de francotirador. Tome también una UMP, sabía que era demasiado usar esa arma contra tan pocas personas y dentro de una casa pero ya lo iba a hacer por lo menos conocería que se sentía disparar una arma de ese calibre. La colgué en mi espalda y atoré la otra en mi pantalón salté la barda y salí. Eran mucho más pesadas de lo que esperaba, solo la P99 pesaba más que mi celular. Al estar sobre la acera instintivamente voltee hacia las ventanas de la casa y pude ver como la cortina de una se movía como si serraran una pequeña abertura. Tal vez me avían visto pero no importaba porque esto terminaría pronto. Solo tenía que cruzar el parque llegar a la casa entrar y disparar contra el Trunco, los negros y quien se pusiera enfrente.
Empuje la puerta que ni siquiera estaba cerrada. Subí los 5 escalones que están justo en la entrada y en el caminito de concreto en medio del jardín enmarañado de maleza en el que ni siquiera te puedes parar que conecta la entrada con la puerta de la casa preparé mi arma. El cuerpo de mi padre seguía ahí. Pero no te preocupes, aquí se acaba la perversión de estos tipos. No podía acomodar la culata de UMP parece que estaba oxidada o algo por que no podía hacer que quedara derecha. Mejor la dejaría pero antes se me ocurrió limpiar mis huellas como hacen en las películas y al hacerlo pensé que esto era una buena idea pues así se pensaría que ellos las habían robado. La recargué en una pared y entre a la casa con la P99 en la mano. Me sentí como en mí propio thriller de suspenso, irrumpiendo en una casa armado dispuesto a cobrar venganza. Todo estaba absolutamente oscuro y todos estaban dormidos. Mis ojos tardaron un minuto en acoplarse a la oscuridad. En el sillón de la sala los dos morenos desparramados, en el primer cuarto estaban el trunco en la cama de mi padrino con la mamá de Jesús sobre su brazo desnuda. En la otra cama y la alfombra estaba su banda de desnutridos y retrasados amontonados y hechos bola como si fueran sus mascotas, supuse que en el cuarto del fondo estaría Jesús y Giovanni con el resto de desnutridos.
Apunte contra el negro que lleva saco a rayas, apreté mis parpados y jale. Esperaba un impacto pero no pasó nada. Solo oí un pequeño clic. ¡Carajo! Pensé que disparar no tenía ninguna ciencia pero no podía, lo intente de nuevo y nada. Rayos, tenía que terminar con esto ahora mismo. Fui a la cocina tome el primer cuchillo que encontré ahora furioso por mi ineptitud y por qué la pistola no funcionó y me abalancé sobre el moreno. Se lo enterré en un costado del cuello y lo jalé hacia adelante justo como lo hicieron en la serie que había estado viendo. Hiso un sonido de atragamiento y la sangre chorreo. Era mucha más de lo que se veía en la ficción. El otro negro que estaba alado abrió los ojos y en un momento deje caer todo mi peso con el cuchillo sobre su corazón. El hiso un movimiento pero no pudo completarlo y se desvaneció, su cuerpo perdió toda su rigidez y fuerza debajo de mí. No pensaba nada, no pensaba nada, entre al cuarto despacio, despacio, me paré frente al Trunco, lo vi abrir sus ojos y decir.
—¿Qué haces aquí?
Me deje caer con el cuchillo sobre su cuello. Tras el movimiento la señora despertó y me empujo. Me levante y salí rápido, la pandilla empezaba a despertar. Estaba seguro de haberlo metido bien en su garganta. Ahí terminaría el caos de este engendro. Brinque sobre la barda de la casa azul cruce su azotea hasta su jardín trasero y ahí tome aire, estaba hecho. Mi corazón quería salir de mi pecho pero estaba feliz. Limpie el cuchillo y la pistola y los tire en el pasto. Luego brinque e hice el recorrido del día anterior.
Crucé a la escuela abandonada y vi una luz que parecía de vela en el pequeño salón donde se habían metido las niñas. Seguí hasta la otra escuela. La crucé y llegué a los sembradíos. Ya sabía lo que encontraba si seguía derecho así que antes de llegar a la zona residencial, elegí un lugar para trepar y esconderme. Subí por la primera pared más baja que encontré. En esta azotea había una casa para perro abandonada y bastante grande, debió ser de un perro grande. Estaba rodeada al frente por la pared del segundo piso de esta misma casa, a la izquierda por una pared muy alta de otro predio y a la derecha por otra pared no tan alta que no veía difícil trepar escalando entre sus grietas. En la casita de perro había unas cobijas llenas de pelos, pero hacia frio. Me acomode y pase el resto de la noche.
El calor del sol me despertó unas horas después. Mi estómago crujía y el olor de aquí ya no era muy tolerable. Salí de la casita de perro y vi que estaba bañado en sangre el saco que había robado, mi pantalón y mi camisa. Era desagradable estar así. Sabía dónde podía conseguir un poco de comida y algo de ropa pero aún había un riesgo. El elegante, él no estuvo en la casa la noche anterior. Recordé la última vez que lo vi caminado tranquilamente tras de mí por la escuela abandonada como si ya conociera el lugar. ¿Me buscaría aun? Esos tipos no lo mandarían, si me buscaba seria puro acto personal pero… ¿Qué tendría el contra mí? No era tal cual un achichincle del Trunco, parecía más un colaborador. Por la colonia siempre lo había visto en solitario y frecuentando más bien poco a esa pandilla. Cómo me gustaría verme como él, ya había notado que conservaba la misma ropa fina unos cuantos meces y luego la cambiaba. Pero nunca daba una moneda de limosna, a mí nunca me quiso comprar ni un chicle a pesar de ese estilo tan holgado que aparenta. Tal vez no tenía dinero, tal vez era pura apariencia. Claro por eso podía frecuentar al Trunco, si tuviera dinero ya lo habrían asaltado desde cuándo y no se habría vuelto a parar frente a ellos pero ese no era el caso. Estaba igual de jodido que todos nosotros, simplemente conseguía ropa elegante. Tal vez el ya no sería un problema, yo lo había vuelto el líder de la pandilla si es que quería liderar a un montón de babosos así que hasta debería estar agradecido conmigo.
Supuse que podría ir a buscar unas zanahorias y unos elotes y algo de ropa más tarde. Bajé de la azotea adonde me encontraba y fui hacia las zanahorias, mirando con más detenimiento encontré también calabazas y lechugas. Ay, eso no saciaba mi hambre, fui también por unos elotes. Avanzaba lentamente tratado de perder el tiempo. Quería permanecer por aquí escondido tanto tiempo como pudiera hasta que se desvaneciera un poco lo ocurrido anoche y pensara que hacer. Me senté en un bordo de los sembradíos. Jugué en mi celular hasta que se apagó. Anduve dando vueltas por ahí viendo otras bardas que podría trepar. Y cuando anocheció fui a la bodega de hasta el final para buscar más ropa pero esta se encontraba cerrada con candado ahora sí. Carajo, tuve que permanecer con esta ropa ensangrentada. Regresé a la casita para perro y dormí un rato. Desperté ansioso a la mitad de la noche. Me preguntaba que estaba pasando en la ciudad. ¿Estarían todos los policías buscándome? Por qué claro, al tonto es al que más mallugan y al verdadero malo lo dejan hacer lo que le da la gana.
Siguiente: Cuentos Atroces parte 14
Comprá el eBock kindle (oferta $149.9) Amazon KDP
Libro físico con Pseudónimo Especial ($430) Cuentos Atroces - SKAHD .l. | Autores Editores
No hay comentarios.:
Publicar un comentario