8/16/24

Cuentos Atroces parte 19

 

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Me quedé mudo. ¿A qué se refería con eso? ¿Ósea que ahora tenía que hacer lo que decían si no me mataría a mí? ¿Por eso esos hombres hacían lo que él decía? ¿Por eso Juan se veía tan nervioso junto a él? Quería mandar a la mierda a Juan y decirle que era un traidor que me había vendido. Pero no me atreví a hacerlo, supuse que él había estado sintiendo lo mismo que yo, este miedo de que él me hiciera algo si lo desobedecía. Otra parte de mi me decía que no importaba que lo mandara a la verga y me fuera a mi casa, que nadie podía gobernarme por más miedo que me infundiera. Pero aun así no tuve el coraje para decir nada pues perdería al único amigo que tenía. Supongo que Juan noto mi estado de ánimo pues comenzó a hablar y hablar. Creo que trataba de distraerme y en un momento lo logró, dejé de escuchar mis pensamientos para escucharlo a él, sin embargo eran puras tonterías las que estaba diciendo. Y en una pausa aproveché para preguntarle.

¿Es verdad? ¿Él mató a su papá y su papá a su mamá?

¿Qué? ¿Claro que no por qué dices eso?

El gordo, su hermano el que está en otro cuarto me lo dijo.

¿Su hermano? ¿Que no lo tenían encerrado? Dicen que es retardado o algo así y se la pasa recortando periódicos. Pero está loco, es como su afición ver esas cosas.

Pero acabas de decir que si sabias lo que ha hecho.

Si claro, yo mismo lo he visto dejar inconsciente a los que le caen mal o no le pagan. Por eso prefiero caerle bien.

¿Qué inconscientes?

Sí,

¿Qué madreo a alguien frente a ti o qué?

¿Qué?... Ah, mira ahí están.

Señalo un carro de policías que estaba al otro lado de la autopista que separaba la montaña de nuestra colonia del resto de la ciudad. Por un momento imagine que tal vez iríamos a denunciarlo y así nos libraríamos de su terror, podríamos volver a nuestras vidas tranquilas y pacíficas y me sentí aliviado, pero no había muchas probabilidades de que esto sucediera. Juan no estaba tan aterrado como yo y él no sabía que este era en realidad un asesino. ¿Pero bueno como podía saberlo yo con certeza? En realidad no había leído los recortes más que el título y ese gordo en verdad se veía algo loco, tal vez eran puros cuentos de su imaginación. Nos acercamos a la patrulla y del lado del copiloto Juan golpeo el vidrio. Un policía moreno y mal encarado bajo la ventana.

¿Quién es él?

Ah es Rubén me dijeron que lo trajera.

El que estaba al volante se acercó y me vio, era un tipo flaco, larguirucho y de piel roja, con manchas blancas en la cara. Luego le dijo a Juan.

¿Los traes?

Juan dijo que si y no sé de donde saco una bolsa de papel enrollada. El policía la abrió y de dentro saco muchas bolsitas con un polvo blanco dentro. Luego las volvió a meter y le dijo.

Está bien nos vemos. Arranco y se fueron. Yo me quede muy sorprendido. Le pregunte que eran esas bolsitas ¿Droga?

No, no, son sales para la bañera, tú no te preocupes.

Regresamos avanzando lentamente por las inclinadas calles de la colonia, Juan permaneció callado unas cuadras, luego arranco a hablar y no paro, un rato después deje de escucharlo y empecé a divagar en mis propios pensamientos. ¿A dónde íbamos? Nos estábamos dirigiendo otra vez a la casa de este. ¿Yo quería ir ahí? No, la respuesta era, no. ¿Pero cómo lo decía? Juan no tenía idea de lo yo sabía, sí es que lo que dijo el gordo era verdad. Pero aunque no lo fuera este trabajo era demasiado nefasto para seguir ahí; y ahora que lo pensaba que tenían que ver unas sales de baño, con el trabajo en las maderas que yo había estado haciendo. ¿Ahora éramos repartidores o era carpintero? Mi cabeza se llenó de estos pensamientos hasta que estallo e interrumpiendo a Juan de lo que sea que estuviera diciendo le dije.

No quiero ir más para allá.

Juan me miro sorprendido y detuvo su paso.

¿A dónde?

Pues allá a la casa de ese tipo. No seguiré yendo, voy a buscar otro trabajo.

Juan me miro con los ojos muy abiertos, note que se puso muy preocupado. Y entonces dijo:

Pero no vamos para allá.

¿A no?

Aquí a la cancha, acompáñame a esperar a unos amigos.

No dije nada, no sabía que más decir. Si ya no íbamos a ir para allá supuse que estaba bien, podía acompañar a Juan el resto del día siempre y cuando ya no fuéramos para allá. Me sentí aliviado por haber confesado mi sentimiento y por haber sido comprendido para no volver allá. Seguimos caminando y llegamos a la inservible cancha de básquetbol de la colonia. Juan parecía ignorarme y demasiado disperso como si quisiera llevar su mente a otro lugar muy lejos de este. Ahí, nos recargamos en un poste de la canasta y pasamos un largo rato. En todo este tiempo el no paro el soliloquio que más bien parecía mantener consigo mismo. No sé cuánto tiempo paso, comenzaba a sentirme aburrido y pensé que sería mejor irme ya a mi casa pues, no hacía nada divertido ni de provecho aquí con Juan que tampoco parecía necesitarme para nada. Iba a decirle que me iba cuando del otro lado de la cancha por el lado contrario del que nosotros llegamos aparecieron unos muchachos con ropa muy holgada. Juan los vio y dijo.

Ah mira al fin.

Y se acercó a ellos, creo que con su mano hizo un ademan indicándome quedarme ahí pues esto hice aunque no entendí muy bien porque pero me quede. Vi como Juan los saludó y pareció darles algo mientras ellos le entregaban otra cosa. Se despidieron con uno de esos saludos secretos y regreso junto a mí. Siguió hablando a borbotones y pronto comencé a ignorarlo de nuevo. Contestaba con cualquier cosa y el seguía y seguía hablando.



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