8/16/24

Cuentos Atroces parte 15 El carácter lo es todo

 

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El carácter lo es todo


Acaba de cumplir 17 años y me sentía con la obligación de contribuir más a mi familia y a mi madre que era la única que trabajaba siendo costurera. Mi padre era muy anciano y no trabajaba. Desde que cumplí 10 años, cuando nació mi último hermanito, él empezó a pasar cada vez más tiempo sentado en su mecedora a la luz del sol que entraba por la ventana hasta el momento en que se levantaba solo para sentarse ahí y se paraba solo al irse a acostar, con su mirada perdida como pasmado en un punto en el aire sin prestar atención a ninguno de nosotros. Mi madre le llevaba la comida de mala gana y se había cansado de decirle que trabajara aunque sea un poco o le ayudara con alguna tarea. Yo me acostumbre a oír su respiración mientras corríamos enfrente de él y jugábamos por la casa. Una vez mi hermano se calló de la meza y se abrió la cabeza, sentí su mirada sobre mi y esperaba los gritos pero al verlo el solo señalaba un trapo con su brazo un poco estirado. No estoy seguro de cuantos años tiene pero recuerdo como enloquecía y le salían fuerzas para golpear a quien fuera de un momento a otro y ahora parecía estar deseando envejecer más y más rápido para no tener que volver a moverse ni un poco. Muchas veces me daban ganas de enloquecer contra él por escuchar las quejas de mi madre por los malos tratos de su trabajo y su dificultad para mantenernos pero siempre me contenía y miraba para otro lado, supongo que a pesar de esto aún lo respetaba. Pero me he preguntado muchas veces que es lo que le paso para que de un día a otro allá quedado como muerto en vida.

A veces iba mi vecino Juan y me decía que lo acompañara a alguna de sus pilladas o a pedirme algun favor. El silba desde abajo en la calle, yo me asomaba por la ventana y como desde que salí de la secundaria permanecía en casa pues la siguiente escuela estaba muy lejos y mi madre siempre decía que no sabía si podría pagarla, siempre que iba a buscarme lo acompañaba porque era mi único entretenimiento y pretexto para salir.

Mi colonia era un lugar deplorable en muchos sentidos, las calles eran muy inclinadas y solitarias llenas de casas demacradas y otras muchas abandonadas, los lotes eran muy pequeños de unos 5 por 5 metros por eso los cuartos se hacían arriba con el segundo piso más amplio que el de abajo por balcones, solo los que eran un poco más afortunados poseían un lote un poco más grande o podían poner un tercer piso a sus casas. Además ni siquiera eran cuadrados o rectángulos muchos eran más bien triángulos encajando en las cuadras triangulares o romboides que se escalaban en el espacio de las cuadras inclinadas. Las canchas estaban destruidas, no había porterías ni canastas, solo los postes oxidados y quebrados que nunca arreglaron. La tierra del resto de la colina era roja y seca, el viento fuerte hacia que volara y dejara todas las ventanas cubiertas de este matiz rojo, algunas ya se había vuelto negras y era imposible atravesar la visión por ahí. Siempre era mejor salir abrigado pues el aire de toda la planicie pegaba y se rompía en esta montaña donde habitaba mi colonia haciendo que todo el ambiente fuera frio en general, aun en los días soleados.

Al salir con Juan le comente mi inquietud de hacer algo por mi familia y ayudar con los gastos a mi madre. Él con un extraño alivio y emocionado me dijo que tenía la solución perfecta para mí. Dijo que tenía un conocido muy rico que estaba buscando un trabajador de manera urgente.

Si quieres te llevo con el hoy mismo dijo.

Yo le pregunte como es que era rico, él dijo que no sabía pero movía grandes cantidades de dinero, que él mismo lo había visto sacar de su bolsillo un enorme fajo de billetes y siempre tenía dos empleados con él a los que seguramente debía pagar. Además hacia fiestas cada fin se semana y siempre compraba el alcohol, por eso era rico.

Yo no sabía que pensar, quería confiar en Juan pues no me quedaba de otra. Tal vez sí trabajaba para alguien rico y tal vez esta sería la solución a mi inquietud. Mientras pensaba eso, en como objetar su afirmación y que más preguntar al respecto no déjanos de caminar y el motivo por el que Juan me había ido a buscar, que yo nunca conocí, se disolvió para únicamente ir con esta persona. Pronto dijo, es aquí. Llegamos a la punta de una cuadra triangular, giramos a la derecha y bajamos el otro lado de esta misma cuadra. El señalo unas ventanas al otro lado de la calle empotradas en una pared de tabique descubierto, sobre un primer piso con una sólida pared de acabado lizo pintada de un verde aceite pálido muy desgastado. Pensé que entraríamos por la puerta que estaba en la pared verde para subir a los cuartos de tabique que estaban arriba pero seguimos caminando hasta una chochera al final de esa pared. Este parecía otro lote pues enseguida había otra casa con una pared café claro que se veía tan abandonada como la verde. Abrió el zaguán que no tenía llave y atravesamos una cochera repleta de polvo, muebles rotos y maderas viejas que solo se apartaban de la línea por donde siempre parecía pasar. Mientras subíamos las escaleras pensé que esta sería otra casa como la mía con solo un cuarto extendido encima de la cochera de la entrada. Pero al llegar arriba vi una puerta justo frente a la escalera y a la derecha un delgado pasillo sin iluminación, con otras dos puertas a un lado y al otro lado la pared de la construcción de atrás. Todo el ambiente tenía un fuerte olor a humedad y putrefacción que se combinaban con otros aún más extraños que me parecían conocidos pero no recordaba de qué. También se oían chirridos de tientes que me supuse eran de ratas. El pasillo estaba cubierto por un techado de láminas de asbesto que permitían pasar algunos rayos de luz por los agujeros que tenían, lo que lograba iluminar apenas el pasillo pero no había ningún foco y las puertas estaban todas a oscuras menos una.

Avanzamos por el pasillo hasta después de la tercera puerta pero no entramos en ella, subimos por una escalerucha de escalones delgados y desalineados que se alzaba al final del pasillo, que apenas se lograba ver entre la oscuridad y llegamos a un cuarto arriba de los otros. El piso ahí era rugoso y estaba medio inclinado, su techado también era de asbesto y tenía un agujero a lado de una pared. Al verlo me pregunte por que había un hueco en el techo. Todo estaba lleno, de tapices, desperdicios de muebles, maderas y trazas de tabla. Las paredes apenas y se podían ver entre tantos de estos desperdicios y en medio había gran máquina que llegaba casi hasta el techo igualmente cubierto por tablas. Pensé que esto estaba lleno solo de estas cosas pero Juan se adentró y saludo a alguien en el fondo, esquive la máquina para ver a quien saludaba y entre las maderas note que había un muchacho sentado en medio de todo el desperdicio, luego observe mejor y había otras dos personas a sus alados, estos dos robustos con chamarras negras de cuero mucho mayores que cualquiera de nosotros.

Te presento a Rubén él quiere trabajar contigo.


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