8/18/24

Cuentos Atroces parte 38

 

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Al fin ella llegó y se paró frente a él alzando su mirada para verle sus ojos unos centímetros más arriba que los de ella. Sonrojada y sonriente provocó emociones en el cuerpo de él. Sintió deseo y un gran impulso de acercarla con sus brazos los centímetros que faltaban para estar pegado a ella abrasarla y sentir la humedad interna de sus labios. Pero no se atrevió, no sabía qué pensaría de él ni si estaría dispuesta a hacerlo. Solo se habían visto una vez y aunque presintió que eso era justo lo que debía hacer, su costumbre no le permitía tomarse esos atrevimientos tan pronto.

Hemos aquí. Le dijo.

Aquí. Le contestó ella con una cálida voz que pretendió entrar hasta lo profundo de su alma derritiendo todo obstáculo y lo había logrado a la vez que lo veía fijamente con sus grandes ojos centelleantes y su rostro muy cerca del suyo. Sus rodillas perdieron fuerza y si no hubiera estado atento habría enflaquecido delante de ella quedando arrodillado. Pero logro contenerse y desviar sus pensamientos.

Ven vamos, estoy seguro de que este lugar te gustará.

Instintivamente la tomó de la mano y la guio detrás de él. Cruzaron el lobby de piso de madera pulida, solo los recepcionistas los veían. Todo estaba casi vacío ella lo notó y le pareció extraño. Vio para todos lados en busca de gente y solo vio a una o dos personas caminar apresuradas en dirección contraria a ellos. Llegaron a la parte que fue construida sobre las ruinas de la antigua civilización que ahí habitaba y cuando se dio cuenta, cual niño, él ya estaba subiendo por las paredes de las ruinas. Ella no supo que pensar, se puso nerviosa de que alguien lo viera y al final decidió molestarse pues toda su vida le habían inculcado que los monolitos y las antigüedades no se deben tocar. Se sintió muy incómoda pensando como un hombre tan elegante como él podía dar esa muestra de ignorancia. No sabía qué hacer, él le gustaba pero… ¿Cómo era capaz de profanar así las ruinas antiguas?

Volvió al momento y volvió a oír el estridente ruido de los camiones pasar a alta velocidad. Recordó cuál era su premio si lograba salir de esto y en su mente apareció el contorno de esas cálidas caderas con la que había fantaseado. Sus instintos se enardecieron y se sintió motivado para seguir con esto. Además la acaba de ver, igual o más hermosa que la última vez. Entonces su mente enfoco lo que tenía que hacer. Averiguar quién era ese que estaba haciendo esos muñecos y tenía renes a los pordioseros.

Era el dueño, fue lo que le dijeron, así que fuera quien fuera era quien había heredado ese espacio dentro del pasaje y por su obvia locura no había hecho con el más que un basurero de gente desamparada. Tal vez podría preguntarles a los otros locatarios… si es que ellos le respondieran. Tal vez tendría que matarlo el mismo, es lo que su mente avecinaba. ¿Sería muy bueno rastreando? Se preguntó. Por muy bueno que fuera no podría contra su dinero y poder. ¿O sí? Mientras su mente ahondaba en estas cosas unas monedas cayeron en sus manos, solo vio la espalda de un hombre alejarse, se alegró y le agradeció con su alma. Era suficiente para comprar un bocadillo para él y uno para el loco de los goggles.

Regresó al refugio y le dio el manjar a su amigo, este al ver lo que le ofrecían lo tomo y lo devoro replegándose al fondo del refugio protegiendo su comida en estado huraño y salvaje ignorando por completo a su benefactor. Él se quedó parado viéndolo comer, luego vio a su alrededor. Seguía habiendo muy poca gente. Aprovecho para examinar mejor el lugar bajo la luz del día. Afuera la gente seguía pasando sin voltear hacia ahí, a nadie le daba curiosidad que este lugar estuviera ahí, era como si fuera invisible para todos esos ojos. La entrada era angosta y dentro el espacio más amplio, al lado derecho de la puerta estaba la barra. ¿Quién la habrá construido, habrán sido las personas que les llevan de comer en la mañana? Justo en la esquina de ese mismo lado había un pequeño rodete de piedra muy negro y percudido justo frente a la hierba mala que antes le provocó esa sensación. Dentro del rodete había maleza y flores marchitas casi putrefactas, notó que rodeaban una punta oblicua en el centro cubierta por moho y suciedad. Del lado izquierdo de la entrada había una llave goteante sobre una tarja de piedra también hecha negra por la suciedad. Se aproximó a ella a ver si podía sacar un poco de agua para lavarse un poco. La abrió todo lo que pudo pero la exasperante llave solo soltó un chorrito apenas más intenso que el goteo, con el que apenas pudo mojarse las manos.

Por todo el terreno entre los montones de tierra y sobre ellos había hoyos de casi dos metros de largo con cobijas dentro. Vio que en lo alto del montículo de tierra más grande había un hoyo también. Las dos esquinas del fondo estaban llenas de maleza siendo más tupida la que estaba tras el monte de tierra al lado derecho. Se acercó a la esquina donde estaba el rodete de piedra con las flores podridas dando la espalda a la hierba mala, tocó la piedra que rodeaban las flores y esta se movió, casi se voltea con la presión. Lanzó su otra mano para sostenerla y notó que tenía un relieve. La examinó mejor quitando las hierbas y vio que era la imagen de una virgen opacada por el color negro y la humedad. Bajo ella el espacio del rodete estaba hueco como si fuera para albergar agua, tal vez fue una linda fuente alguna vez. ¿Quién habrá construido eso, para que estaba destinado este lugar? El loco que dormía atrás de la barra de cemento oyó el movimiento de los tallos y se despertó.

¡No toques, es propiedad privada! ¡No puedes tocar nada aquí!

Él pretendió ignorarlo, entonces el loco se levantó brusca mente y encorvándose frente a él le puso la cara enfrente.

¡Te dije que no toques! Si vuelves a hacerlo hare que te expulsen. –Y le dio un empujón con las puntas de los dedos.

Sus nervios se paralizaron, no esperaba recibir una amenaza tan contundente por algo tan simple, pero bajo ninguna forma deseaba ser expulsado por estos locos. Solo se alejó moviendo sus manos en señal de apaciguamiento y se sentó a calmar su corazón que brincaba en su pecho.

Un rato después cuando el loco ya se había ocultado tras la barra de nuevo el de los binoculares se le acercó y le dijo susurrando.

No debes hacerlo enojar, él llama a los demonios para que expulsen a la gente.

Ya veo que se cree el capataz de aquí.

Es un brujo, el hace que vengan a darnos comida pero si hacemos ruido en la noche hace que no vengan.

No es más que un demente cascarrabias.

No, no, también hace que pare la lluvia.

¿Bueno y quiénes son esos demonios que expulsan a la gente?

Viven en lo más oscuro de aquí. Donde nunca entra la luz.

¿A qué te refieres, están aquí ahora?

Siempre están aquí y en todas partes, siempre saben dónde estamos y siempre nos vigilan. –Entendió que esto solo eran palabras de un loco, vio a su alrededor y solo había dos o tres vagos más, perdidos cada uno en su locura. Decrépitos y desnutridos, no era probable que pudieran haber matado a tantos hombres.

Entró otro con una cajetilla de cigarrillos baratos y le ofreció uno, él lo rechazó. Llevó su cajetilla donde otros dos y todos fumaron vehementemente. Entonces uno de ellos tomo varios cigarrillos salió y él lo vio tocar su bolsillo ante la puerta, se veía vacío. Luego entraron dos con una bolsa plástica que se veía empañada de vapor, se acomodaron en la tierra y sacaron un pollo rostizado de ella. Comenzaron a comerlo con las espaldas como conchas alejando a todos los demás. Los que esperaban los cigarrillos los veían ansiosos pero no se atrevían a acercarse. El olor a pollo invadió el lugar y notó que la maleza de la esquina se movió, se quedó expectante un rato a ver si veía a alguien salir de ahí pero no ocurrió nada. Decidió quedarse ahí para ver si podía identificar al supuesto dueño o ver quien se escondía entre la maleza pues intuía que estos dos factores guardaban gran relación. Una media hora después regresó el que salió, con otra cajetilla de cigarros y fue directo a los otros fumadores. Todos tomaron un cigarrillo y miraron con desprecio los huesos de pollo tirados en la tierra. Ahora el olor imperante era una combinación de estas dos cosas, más algunos tonos de orín y él tenía ansiedad por recoger esos huesos de la tierra y tirarlos en un bote.

Las horas pasaron sin que viera a nadie salir de la maleza, el supuesto refugio comenzó a llenarse de sus habitantes. Antes de oscurecer el lugar estuvo repleto por completo, él notó como todas las luces del pasaje se encendían a la vez que pasaba esto, como si quisieran contrarrestar la oscuridad que emanaba de ahí. La inmensa luz en el pasaje no daba permiso a ninguna sombra ni a ningún rincón de oscuridad, incluso lograba penetrar dentro del refugio pero no lograba iluminarlo todo. Allí dentro estaban las únicas partes del pasaje que tenían sombra. Sentado en la tierra viendo para afuera veía a las personas caminar por el pasaje, de todos los que vio nadie volteo nunca hacia el refugio más que un niño que caminaba con su mamá, este se detuvo haciéndola parar y gritando señaló.

Mira mamá, que hacen todos esos ahí.

Su madre volteo a ver lo que el niño señalaba, lo vio a él fijamente y se sorprendió mucho. Bajó la mano del niño y se alejó rápidamente de ahí con cara de espanto. El los vio y una extraña sensación cruzó por su cuerpo al saber que no pertenecía ahí, pero estaba, por una encomienda divina. Después solo bajó la cabeza y miró la varita con que sus dedos jugueteaban inconscientemente. A las 10 oyó bajar todas las cortinas de los negocios y a las 10 con un minuto la gran reja del pasaje golpeo contra el piso. Comenzaba la noche y la hora de vigilia, él de la barra estaba de pie y muy despierto viéndolos a todos. El de los binoculares vagaba por ahí haciendo ruidos, todos los demás hablaban entre ellos o favorecían sus demencias. Unos tenían una extraña pipa de cristal esférica con una larga manguera quirúrgica en la cual evaporaban pequeños cristales que luego aspiraban. Otro sentado sacó de una bolsa de farmacia una pequeña botella de alcohol de caña y empezó a beberla. Notó que el de las gafas lo ignoraba e hizo lo mismo pues no quería dar evidencias de que había hablado con él ni de que estuvo buscando información. Los fumadores seguían haciéndolo sin parar.

Se levantó para buscar donde dormir y se vio en medio de un montón de gente extraña y sucia por lo menos unos veinte, con olor repulsivo, que ya no era tan distinto al de él y se sintió asfixiado entre tantas personas malolientes y harapientas. Quiso volver el estómago de nuevo pero se contuvo pues imaginó que lo verían como algo muy extraño. Buscó a alguien con quien pudiera hacer algo de plática y ayudarse a ahogar sus nauseas, pero viéndolos a todos nadie le inspiro ni un poco de ánimo y el de los binoculares seguía ignorándolo. Se preguntó entonces cuál sería el mejor lugar para dormir y se respondió que uno donde pudiera ver mejor a todos y no lo vieran a él. Subió al hueco del montículo más alto y ahí intentó arroparse con las cobijas viejas. Era algo incómodo por ser la punta del montículo pero pensó que así era más difícil que una sombra lo sorprendiera en la noche, que estando en las partes bajas.

 Se recostó pretendiendo dormir y unos minutos después el recuerdo de la sensación al ver la maleza revivió. Sintió escalofríos y se irguió nervioso para comprobar que no hubiera nadie intentando atacarlo. Al parecer nadie estaba mirándolo directamente, sin embargo, sentía pavor de volver a acostarse. Su estómago reclamó y recordó que no había comido nada desde hace varias horas. Miro para todos lados sin esperanza buscando alguien que se apiadara de él pero efectivamente no encontró ninguna opción viable. Sintió miedo de recostarse y tener sueño así que se agazapo sobre sus rodillas erguidas y suspiro dejándose adentrar en un pésimo sentimiento de melancolía. Entonces cuando cerró los ojos apareció ella, la dulcinea de su historia con sus hermosas caderas y su piel intacta de impurezas, solo ahí, frente a él, en su mente. Recordó su olor, recordó el calor que sintió cuando se saludaron en el museo, luego se imaginó junto a ella tomándola de la cintura y bailando un hermoso vals en el aire entre nubes rosas y suaves. Salió del espacio físico donde se encontraba y se sintió feliz, sus labios se enfriaron y unos sollozos salieron de su boca aliviándole el pecho. Pensó en que darse en esa fantasía hasta el amanecer si era preciso pero en unos minutos un olor real y putrefacto le invadió la nariz. Tuvo que abrir los ojos y al momento escucho gases intestinales tras de él abajo del montículo, volteo y vio a una persona sin pantalón defecando. Regresó su cabeza al instante y al hacerlo sus ojos captaron la piel de unas personas en extrañas posiciones, regresó su mirada para enfocar lo que era y eran tres sujetos forcejeándose. Abajo sometida en el piso, una mujer medio desnuda, con la blusa rota y el pantalón en las rodillas. Sobre ella un hombre con el pantalón abajo la penetraba, a la vez que uno más grande estaba sobre él sujetándolo del pelo y de un brazo mientras le empujaba su entrepierna bruscamente y este estiraba los labios y apretaba la mandíbula en gesto de dolor. Unos veían otros ignoraban. Una mujer de aspecto obeso pero de huesos angostos lamio sus dedos para llevarlos abajo con la falda levantada y sin ropa interior mientras los veía.


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