8/15/24

Cuentos Atroces parte 12

 

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Esta parte de la ciudad era una zona residencial, no conocía nada de aquí y las casas y bardas eran demasiado altas para treparlas, así que tuve que ir por la primera de las calles que conectaban con los sembradíos. Con los mapas de mi celular vi cómo llegar hasta la casa de mi madre. Aún era de madrugada y estaba demasiado lejos del barrio así que tenía esperanzas de llegar hasta ella sin que nadie me encontrara. Al llegar su casa estaba acordonada, había patrullas y ambulancias por todas partes. Carajo había llegado tarde. Corrí hacia allí mientras unas lágrimas empezaban a escapar de mis ojos. Pase junto a una patrulla y dentro estaba el novio de mi mamá. Pase de largo no me importaba saber de él. Entré a la casa y había dos cuerpos tirados envueltos en sangre. Eran los esqueléticos. Uno estaba sobre la cama de mi madre. Ambos tenían heridas de bala. Y mi madre no estaba. Me sacaron de la casa y comenzaron a retirar los cuerpos. Supongo que ese inútil después de todo sirvió de algo y defendió a mi madre. Afuera no la veía por ningún lado, solo estaba él en la patrulla pero lo odiaba y no tenia deseos de hablar con él, además las ventanas estaban arriba. Le pregunté a un policía por ella. Me dijo que le preguntara a los paramédicos. Dijeron que la habían llevado al hospital pero estaría bien. Con esto iban dos menos y mi madre ya estaba a salvo las cosas se estaban poniendo a mi favor.

No pude quedarme en su casa pues los paramédicos me sacaron y aún era de noche. Comencé a caminar sin rumbo y pensaba en que podría hacer. Si madre permanecía a salvo yo podía escapar e irme a otra ciudad. Pero no, mi madre no estaría mucho tiempo en el hospital y ya no tendría quien la defendiera. Yo no podía irme y como podría llevarla conmigo si no tenía ni un centavo en la bolsa. Las joyas que tomé seguramente solo eran de fantasía sino porque las habrían dejado afuera en una bodega. Al día siguiente podría ir a una joyería a preguntar pero no albergaba mucha esperanza en esto. Repase los hechos anteriores y mi mente se enfocó en las salchichas y el huevo supongo que ya tenía algo de hambre otra vez. De haber sabido que pasaría todo esto hubiera comido más huevos y buscado esas salchichas.

Por alguna razón todo el tiempo tuve un sentimiento de culpa, desde que le dijeron a mi padre que abriera la puerta me golpeo la sensación de que todo esto era mi culpa. Me pregunte como personas tan atroces podrían vivir sin problemas ahí. Había tantos crímenes impunes y aunque todos sabíamos o por lo menos sospechábamos de quienes eran obra, estas personas seguían tan campantes y esparciendo su veneno. ¿Cómo es que ese idiota de la comandancia no hacía nada? Entiendo que a mí me haya ignorado pues solo era sangre en la nariz pero no era tan idiota para no darse cuenta de quienes eran los autores de tantos asesinatos que ocurrían por ahí. Al pensar esto recordé lo que dije cuando me retó a apostar contra él. Le dije que era un viejo gordo, como si pudiera jugar, y que era un bueno para nada que ya entendía por qué esos delincuentes de allí atrás seguían sueltos, porque eran unos incompetentes que no podrían ir ni por unas mujeres después de tener las evidencias en su contra enfrente. Y es que la antigua guarida del Trunco estaba en la misma cuadra que la comandancia en la calle que quedaba a un lado. Pero como siempre en mi colonia los chismes vuelan tal vez alguno de esos idiotas que estaba allí le fue a decir lo que dije. También ahora me percaté de que siempre había solo dos policías tal vez por eso nunca se arriesgaban a ir contra esa banda y hasta preferían tenerlos de su lado.

Carajo tal vez si había sido yo el que provoco todo esto con sus palabras. Mi padre estaba muerto, su compadre golpeado y madre en peligro inminente. Además quien sabe que le pasaría a Jesús, Giovanni y su mamá. Si yo lo provoqué tenía que arreglarlo. No podía escaparme y dejarlo todo así con todos ellos en peligro y secuestrados. ¿Pero qué hacía? ¿Cómo lo hacía? Esto no era como las caricaturas donde el súper héroe dejaba a los malos inconscientes y todo volvía a la normalidad, aquí cuando despertaran y si sabían quién había sido me buscarían más ferozmente. Esto tenía que ser contundente y me daba cuenta que eran ellos o yo. Aquí se terminaría todo un parentesco el suyo o el mío. Ya habían matado a mi padre ahora morían todos ellos o moría yo, mi madre, mi padrino su hermana y sus hijos. ¿Pero cómo lo hacía?

Pensé en cómo se mata a la gente y no me sentí nada ajeno a esta idea. ¿Pero porque? Recordé que en el juego matar es el afán que nos vuelve locos. ¿Y cómo lo hago ahí? Claro, con las armas. ¿Entonces donde conseguir armas? Carajo la respuesta estaba tan cerca y era tan fácil conseguirlas, con razón mi colonia era tan violenta. En la casa de las esqueléticas. No podía ser, a donde íbamos a llegar con las cosas así y gente tan retorcida operando a la luz del día. Me decidí ir allá. Rayos al decidirlo temblé y sude frio mis pies parecieron pegarse al piso. Pero no tenía opción, ya habían ido por mi madre y un milagro la salvó. Tal vez a la próxima no tendría tanta suerte. Tuve que obligarme a avanzar.

Llegué a la casa de las esqueléticas. Ellas vivían en una calle del lado contrario del jardín, casi parecía una continuación de mi calle pero desfasada por unos metros. Solo había pasado pocas veces por aquí pero siempre sentía un ambiente distinto como más frio, oscuro y tenebroso. Tal vez tenía que ver con la larga barda que iba desde la esquina izquierda hasta casi la mitad de esa cuadra y que estaba pintada color negro o que el alto edificio atrás de la cuadra de la derecha tapaba el sol y esta calle siempre estaba en sombras. O el altar a la muerte que estaba al final. No lo sé y no quería permanecer mucho tiempo aquí. Lo consideraba territorio enemigo. La primera vez que vine a aquí fue un domingo. Mi padre me trajo con Jesús a ver las armas. Me acababa de ir de la casa de mi madre pues no aguantaba a ese tipo y llegué con él donde ya estaba de arrimado. Pareció que a nadie le gustó mi presencia pero mi padrino dijo que pasara, que donde comen cuatro comen seis y ahora entiendo porque a su hermana le molestó tanto. Por qué él no hacia una para aportar un peso. Las armas estaban en el jardín de la casa sobre dos mesas de tabla.

¿Qué te parece? —me dijo papá. Para cuando te quieras echar a un cabrón.

Que comentario tan nefasto me pareció en ese momento y casi lo odié por decirlo. Ya tiene casi un año y aún recuerdo bien como sentí que algo se desgarró en mi pecho y me sentí llorando por dentro. Después el papá de las esqueléticas le gritó.

Se mira y no se toca. ¿A qué vienes aquí si no tienes para comprar? Mejor vete a conseguir para tu aguarrás. Mi padre bajo la cabeza y sus ojos se ensombrecieron.

Solo quiero enseñarles que tipo de armas son.

Yo ya las conocía eran las mismas que salían en el juego, sentía que las conocía hasta mejor que el vendedor.

Esto no es escuela. ¿Cuántas quieres o ya vete?

Salimos, mi padre nos dejó en la casa y se fue. Sin decir una palabra.


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