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Libro físico con Pseudónimo Especial ($430) Cuentos Atroces - SKAHD .l. | Autores Editores
Él se levantó de un salto sin saber qué hacer, un instante pensó en abatir al más grande pero aunque pudiera con él no hubiera sido una buena idea. Muchos lo miraron al levantarse y avanzar colérico entonces ocultó su mirada y se acercó a la puerta. Cuando sintió que dejo de llamar la atención dio un paso más y salió del albergue, miro a los lados, el pasaje estaba vacío y cerrado. Se aproximó a la cortina de reja para comprobar que estuviera cerrada y mientras caminaba notó como el ambiente ahí era mucho más frio que el del refugio anqué este estaba a la intemperie, la examinó un poco para comprobar si no había ni una forma de salir. No la había. Pegado a ella viendo para afuera por las rendijas volvió a tener la sensación de ser observado. Volteo al refugio pero no vio a nadie sin embargo prefirió alejarse de la puerta pues seguía claro que no podía irse de ahí sin terminar el asunto. Caminó encorvado con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando el piso y sintiendo el penetrante frio del lugar, sintió que dejaban de observarlo pero al pasar frente al refugio siguió derecho, sin voltear, hasta el final del pasillo. Aspiro hondo tratando de despejar su mente pero en ella seguía impregnado el olor del excremento. Serró los ojos y aún estaba ahí la imagen de lo que acababa de ver. Movió la cabeza de lado a lado sin ningún pensamiento, no tenía algo que decir sobre lo que acababa de ver, pero era obvio que encontraría cosas así en el fondo del abismo y él mismo se había metido ahí.
Se recargó a un lado de la pared del fondo y volteo hacia la salida, su mirada atravesó el largo pasadizo con su exceso de lámparas, sus paredes color yute y cortinas de acero blancas. Así estuvo un rato impávido dejándose hipnotizar por la abundante luz sin pensar mucho, abstracto por el asombro repugnante y la mescla de olores y sensaciones revolviéndose en su estómago.
Vio gente pasar por la banqueta de afuera, y añoro el mundo exterior. Notó que una persona volteo a verlo mientras pasaba frente a la reja y pudo imaginar sus pensamientos. ¿Qué estará haciendo esa persona ahí? ¿Cómo es que ha podido entrar? No es más que un vagabundo, debería llamar a la policía. Bajó la cabeza y esperó que eso no fuera así siempre. Estuvo ahí otro rato naufrago en pensamientos confusos, sin atinar bien a lo que debía hacer eludiendo las imagines que acababa de ver solo esperando a que su mente se asentara y pudiera darle ideas claras.
Dos personas salieron del albergue y se pararon a un lado de la puerta, encendieron un cigarrillo. El los veía fijamente pensando que estaba a salvo por estar tan lejos de ellos. Ellos notaron su mirada y le hicieron un ademán para que fuera. Preguntó con otro ademán si era a él, y se dio cuenta de que eso fue estúpido. Ellos continuaron y se sintió atraído a ir por la cara agradable que ponían esos sujetos. Entonces al momento en que se despegó de la pared para avanzar los dos voltearon brusca mente hacia el refugio y entraron rápidamente como si alguien les hubiera gritado, él se volvió a recargar y pensó que así era mejor. Continúo ahí, sereno, solo en el ruido de su respiración, entonces su mirada se dirigió sola hacia la puerta. Notó que alguien lo veía desde ahí, era la persona que antes lo vio al pasar. Lo vio mirarlo y luego lo vio agacharse hacia el piso, luego volvió a mirarlo y se fue. No pensó nada al respecto, solo pensó en cubrir su nariz para que el aire no le llegara tan frío. Después de un rato se sintió más cansado que antes y se deslizó hacia el piso, puso su cara entre sus rodillas, su mente logró escapar donde su dulcinea y se desvaneció en el sueño.
Tonos agudos de vos de mujer lo despertaron. Abrió los ojos y movió la cabeza, sintió su cara demacrada y pesada, no quería despertar pero esos ruidos llamaron su atención. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Por qué ese patrón de quejas dolorosas? Decidió no querer saberlo y volvió a recargar su cabeza en sus rodillas. Ignoró los sonidos y trató de dormir.
—No deberías estar aquí. Esto no es parte del refugio.
Levantó la mirada semidormido y miró de dónde provenía esa vos. A su lado una persona, de sudadera blanca y gruesa, prendió un encendedor y lo llevó hasta un cigarrillo blanco que tenía en la boca. Al ver lo que hacía se dio cuenta de que era el mismo que lo había llamado antes. Pero ahora estaba solo. Dentro aún se oían quejas y ajetreo. Dirigió su mirada hacia la puerta del albergue.
—¿Qué están haciendo ahí? –Le preguntó.
—No quieres saberlo, créeme. –Su vos era suave y profunda, como si la moldeara para oírse estilizada.
La forma en que le contestó levantó su curiosidad en él. Nadie ahí le había dado un dialogo coherente, menos inteligente. Lo vio y examinó con su mirada tratando de entender con quién hablaba. Era un hombre de apariencia delgada pero fuerte, con puntitas de barba saliendo de la piel, un mechón de canas en el pelo, la manzana de adán muy salida y encorvado. Más alto que él con los ojos café verdosos. Y con esa cosa en la boca.
—Tienes razón. —Le contestó y volvió a recargar su cabeza en las rodillas.
—¿Quieres? —Le ofreció fumar lo que él. Alzó la cabeza y miró lo que le ofrecía.
—No gracias.
—¿Cómo llegaste aquí?
Le miró la cara antes de contestar.
—Unos vagos me contaron de este lugar.
—¿Vagos? —Le preguntó confundido y él volvió su mirada.
—Se suponía era un refugio. Claro que no me esperaba esto.
Su interlocutor hizo una pausa sospechando de su forma de hablar.
—¿Quién se lo esperaría? —Contestó al fin, fingiendo ingenuidad en el tono de su vos para ocultar su sospecha. Luego volteo y lo vio abstracto en sus pensamientos, entonces le preguntó.
—¿Y a ti que te gusta, que consumes, seguro que no quieres? —Y volvió a ofrecerle fumar.
—No gracias, solo algo de alcohol.
—¿Enserió?
Él alzó y bajo un hombro como respuesta.
A ellos no les gustará eso. Mejor cuídate o trataran de hacerte adicto a algo.
Volteo a mirarlo con coraje, pensando si lo decía advirtiéndole de él mismo. Y este prosiguió al verle la mirada.
—Por lo menos deberías fingir que consumes algo.
Su cara continúo con ese ceño. Entonces este agregó.
—Yo solo digo. —Y él echo su mirada hacia el frente.
Ahí estuvieron largo rato, el aroma de ese cigarrillo se esparció por el lugar y él comprendió que no era tabaco. Después de un rato encendió otro y como no se iba le preguntó.
—¿Y quién era ese Jou?
—Ah, un pobre infeliz que no pudo hacer su trabajo.
—¡Le arrancaron el rostro! —dijo furioso.
—Lo sé.
—Además estaba curtido.
—Es un artesano, sabe de taxidermia y curtir un rostro no es lo más que puede hacer. —Contestó después de una pausa.
Él lo miró con su cara infernal a los ojos y este continuo.
—No estoy diciendo que eso este bien. —Él regresó su mirada lentamente y este agregó.
—Todos estamos muertos desde el momento en que tocamos este maldito albergue.
Estuvieron ahí otro largo rato en silencio, él quería dormir pero temía por su acompañante. Comenzaba a cabecear y a no poder más entonces este se levantó como si entendiera su preocupación pero antes agregó.
—Solo te recomiendo que te quites de aquí antes de que abran el pasaje.
Él lo miro mientras decía eso y solo le apunto con la barbilla. Lo miró hasta irse y entrar al refugio. Luego permaneció ahí despierto el mayor tiempo que pudo.
El ruido de la gran cortina lo despertó, lo oyó y vio con los ojos entre cerrados que barias personas entraban al pasaje, seguramente locatarios de ahí. Los vio avanzar rápido y al parecer furiosos. Uno de aspecto asiático llego hasta él y le gritó en su idioma haciendo ademanes de que se quitara de ahí gritando cada vez más fuerte buscando dejarle un gran escarmiento. Este lo entendió y se movió, ese locatario abrió la cortina del último local, el que estaba alado de donde él dormía. Quiso recargarse en otro lugar lejos del que lo corrió y antes de que pudiera tocar la pared con su espalda recibió otro grito de alguien que llegaba apurado a abrir el lugar donde quería recargarse. Luego entraron más, todos apurados casi corriendo hacia sus locales todos con cara de molestia y viéndolo horrendamente. A él no le quedo más que entrar de nuevo al refugio. Muy pocos seguían durmiendo, sentía un gran malestar por entrar ahí, pensó en mejor irse a para afuera pero sintió el hambre penetrante y quiso esperar a que les llevaran comida. No se adentró mucho, esperó recargado lo más cerca de la puerta que pudo apenas sin estar afuera.
Agacho la cabeza escondiéndola entre su abrigo viendo solo la parte del piso que el ángulo le permitía. De ahí veía los pies de los que caminaban, pero no quería alzar la mirada para ver la cara de nadie. Respiraba el frio del aire y cerró los ojos, se sentía perdido en sentimientos nefastos. Estuvo a punto de quedarse dormido cuando alguien que pasó muy cerca de él lo puso en alerta, tuvo que alzar la mirada y sin estar muy seguro vio que quien pasó junto a él tenía golpes en la cara y parecía ser uno de los que lo llamaron a fumar la noche anterior. ¿Había visto bien? Sé preguntaba. Luego miro hacia dentro y vio que ya no había muchos allí y se percató que los de la comida no habían ido, entonces no dudó en irse ya.
En la puerta del pasaje comercial justo afuera, bien esquinado en el gran poste que sostenía la cortina de metal había un pequeño baso de unicel tapado, se veía completamente dispuesto y le dio la sensación de que era para él. Sin más lo levantó, podría estar vacío o podía tener algo, que importaba. Tenía algo de peso, lo destapó y estaba servido de dulce atole blanco. Bendito sea Dios, pensó y comenzó a beberlo, luego recordó a la persona que vio en la noche y le agradeció.
Fuera del pasaje comercial se encontró perdido, miró el horizonte en dirección de su casa a la que no podía ir. Pensaba en qué pasaría si simplemente dejaba todo esto y emprendía camino hacia su casa, llegaría en solo unas horas a pie, se bañaría, se cambiaría y buscaría como reconfortarse ante su fracaso, después de todo si lo que quería era conocer lo más putrefacto de la sociedad ya lo había hecho. ¿Pero cómo podría dejar que todos esos asesinatos siguieran? Siempre se había dicho que si tenía esa prueba preferiría morir para salvar a alguien que dejarlo morir, porque su vida no valía más que la de otro por poseer tanto dinero, lo que realmente vale es el valor y lo que puedes hacer por los demás, por eso no podía irse aún, tenía que logar lo más que pudiera en esta misión y por lo menos identificar al culpable de los asesinatos. Y como al tomar una decisión aparece en el universo justo la resistencia que necesitamos para ello, apareció de nuevo en su cuerpo esa sensación de ser observado. Desvió su mente de sus pensamientos y dirigió su mirada hacia la dirección de donde pensó provenía la mirara pero no había nadie ahí. Por un momento pensó que al fin lo atraparía pero no lograba ver a nadie sin embargo pensó que esta era su oportunidad para tener una pista.
Se puso a vagar por las calles de esa parte de la ciudad, doblando rápido en esquinas y callejones, mirando en todas las superficies reflejantes que veía y entrando a todos los sitios con guardias donde lo dejaban pasar, también pasaba ante todas las cámaras que podía, a ver si de alguna forma lograba captar a su persecutor. Sin suerte en ningún momento, en ni un solo reflejo vio a nadie dos veces, ni a alguien mirándolo, en ningún momento, aunque todo el tiempo sintió esa mirada tras de él.
Pasado el mediodía al darle hambre tubo una idea genial, se sintió un prodigio de la astucia y salvado para irse de ahí con la cara del asesino. Pediría unas monedas, compraría un bocadillo y lo dejaría en algún lugar como dejó su comida el día anterior con lo cual la sensación de la mirada desapareció. Así cuando el loco que está matando a todos fuera a recogerlo lo vería. Al término de idear su plan comenzó a extender su mano sucia a la gente que pasaba junto a él. El segundo que lo vio se la echó para atrás con un hombrazo, otros lo ignoraron bruscamente, algunos le blasfemaron y uno le escupió. A lo menos algunos no le pusieron ninguna atención. Así paso tres horas aun vagando desconcentrado de mirar los espejos y hasta olvidándose de la sensación de ser visto. El hambre se volvió muy fuerte y fatigado se sentó en unas cajas de fruta a lado de un basurero. Expulso aire en un suspiro y dejó caer su mano con un hueco en la palma sobre su pierna. Al segundo pusieron unas monedas ahí. Asombrado las levantó y las miró, volteo y nuevamente no pudo ver más que la espalda del que se las dejo. Las paso a la otra mano y la derecha volvió a quedar involuntariamente sobre su pierna. Más monedas aparecieron ahí. Solo otra espalda dejaba su identidad. Las contó y las dejó en la otra mano. Sin más esperanzas puso de nuevo su primera mano a lado de su pierna, deslizándola hacia abajo y viéndola bajar pues no esperaba más, entonces nuevamente una cálida mano lo toco y dejo ahí pedazos redondos de metal frio.
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