8/18/24

Cuentos Atroces parte 43

 

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Con un celular que pidió prestado y el periódico aplastado por la mitad en su mano llamó a la policía. Les dijo que sabía dónde se encontraban los asesinos que estaban haciendo esas cosas con partes humanas y alcanzó a decirles que estaban en un refugio en el pasaje comercial de la calle Washington cuando le arrebataron el celular nerviosos porque fuera a robarlo. Apenas y pudo terminar su frase sin saber si habían podido escucharlo. Pero eso no era su mayor problema. Su mayor problema ahora era que olvidó que seguía siendo observado. Al perder enérgicamente el teléfono aun con las lágrimas de angustia, desesperación y dolor, la sensación en su cuello se hizo tan fuerte que sintió que estaban justo detrás de él. Volteo en seco pero no vio a nadie. Sin embargo supo que lo veían con el rostro hinchado y mojado.

Caminó sin rumbo casi delirando con su mano estirada por inercia o nueva costumbre con el corazón completamente mallugado pensando cómo lidiar con cada uno de los problemas en que se había metido. Recordó que la mujer le dijo que si un día llegaba a necesitar un favor ellos podrían ayudarlo. Hubiera preferido no pedirlo tan pronto pero lo necesitaba ahora y no podía pensar en que otra cosa hacer. Entonces se dirigió hacia el callejón donde encontró a la niña y en un alambre salido de las trabes de una pared cruda de esa parte marginada de la ciudad colgó un trapo de franela rojo que recogió en el camino. Al hacerlo se pregunta que sigue. ¿Debe quedarse ahí y esperar a que vengan o debe irse y esperar en otro lado? Decide sentarse por ahí en la banqueta un rato esperando a que alguien lo vea. Al voltear un hombre bajito de grandes hombros se le pará enfrente e incitándolo con su cabeza como si lo fuera a golpear le hace detenerse y le pregunta.

¿Qué quieres?

¿Qué? ¿Qué que quiero?

Sí. ¿Por qué pusiste eso ahí que quieres?

¿Qué? ¿Acaso eres conocido de Amanda?

Sí. ¿Qué quieres?

¿Cómo llegaste aquí tan rápido?

Es nuestro territorio. ¿Qué quieres?

Necesito su ayuda.

¿Qué necesitas?

Un pedazo.

¿Un pedazo de qué?

Él titubea antes de contestar y habla sin pensar con la cabeza agachada.

De un cuerpo humano.

El hombre más bajito que él lo ve directamente a los ojos. Por la intensidad de su mirada nota que lo ha mirado mientras contestaba. Ve como su mirada se desvía a sus recuerdos y puede adivinar lo que ha pensado. Seguramente está enterado de la noticia y se imagina para que quiere lo que está pidiendo. El teme que se le juzgue y se mal entiendan las razones por las que lo pide. Trata de explicarse pero ahora la respuesta está en la mente de ese hombre y todo lo que se diga sobre esto queda aturdido al entendimiento de él.

Se los diré. Vuelve aquí al anochecer y lo tendrás.

Se acerca al trapo rojo para quitarlo lo alcanza de un salto, luego camina por la banqueta, él se distrae un momento pensando en que habrá pensado el hombre sobre su petición y cuando vuelve a ver, el hombrecillo ya no está.

Se queda ahí parado, inmóvil y perplejo pensando en cómo siempre hacen eso. Una extraña tranquilidad llega a él y nota como está libre de esa sensación de observación. Piensa que tal vez ellos en verdad lo ayudarán o que tal vez si le puede mostrar las pruebas a la policía estará libre y terminara su misión y a esto atribuye la sensación de calma. Recuerda lo que dijo el hombre, que este es su territorio y se pregunta si eso tendrá que ver con que aquí no se siente observado. Como sea se siente libre por un momento y desea hacer algo alegre y revitalizador.

Extrañamente ve a una mujer hermosa caminar por esa calle vacía y doblar en el callejón que ahí está. Ella no estaba vestida muy elegantemente como las mujeres hermosas que el acostumbra ver pero sin duda es bella y especial, algo fuera de serie para cualquiera sea el círculo social que frecuenta. Es alta, delgada y bien torneada, tiene piel blanca y tersa con apenas unos lunares en su cutis, mentón ancho y pelo castaño intenso ondulado que ve balancearse suavemente sobre su espalda mientras camina. Lleva pantalones de mezclilla holgados, una blusa aterciopelada con lentejuelas negras y un chaleco cortado de piel.

Olvida que no ha comido nada y piensa que sería bueno disfrutar esa momentánea tranquilidad observando otra vez las ruinas escondidas que encontró en su aventura pues cuando regrese a su vida tal vez no pueda volver ahí y se adentra al callejón donde las encontró. Camina por el pasto que rodea el auditorio de otrora sin ver a nadie, al pisarlo para su sorpresa en la penúltima grada justo enfrente de él está la cabellera castaña de esa hermosa mujer. Para poder bajar a gradas más bajas o para caminar por el borde más alto necesariamente tiene que pasar junto a ella y al hacerlo el instinto apartado de la mente le hace hablar.

Es un bello lugar. ¿No cree?

Ella voltea a verlo con sorpresa, él sospecha si nunca se le ocurrió que él podría entrar ahí o si se puso justo ahí para tener contacto con él y estaba fingiendo su sorpresa. Después de quitar su mirada de él contesta.

Es realmente asombroso.

¿Pero cómo puede estar un lugar así en medio de la ciudad sin que nadie lo sepa?

Pues está dentro del campus, tal vez pretendan pasarlo por propio.

O tal vez ni ellos saben que está aquí.

Ella no contesta, él ve a su alrededor y más abajo solo ve a unos estudiantes con cigarrillos riendo y diciendo tonterías. No es la clase de compañía que busca ni estar solo lo es. Baja a esa grada y queda parado alado de ella y la mira. Es sumamente atractiva. Siente la brisa fresca arrastrando la temperatura de su cuerpo. Piensa que seguramente si la conociera mejor se volvería loco por ella. Pero dadas las circunstancias no cree probable que eso pase, además ya hay alguien por quien él quiere volver. Se da cuenta que está invadiendo su espacio parado ahí sin decir nada y se obliga a hablar.

¿Y tú como conociste este lugar? –Pregunta el mientras se sienta. Ella voltea suavemente y lo mira.

Fue hace tiempo. Un compañero encontró las piedras de más arriba rascando la tierra con su llave. Las siguientes veces que vine se empezaban a notar las gradas. Ahora está así.Él se queda estupefacto. Ella saca un cigarrillo blanco y lo enciende. Luego le pregunta.

¿Y tú?

Él cavila por un momento y al fin dice:

Vaya es una larga historia, pero el punto es que vi a unas personas desaparecer en el callejón y entre a ver dónde se habían metido. No tenía idea de que esto estaba aquí.

Sí, nadie lo pensaría.

Exacto.

Ella le ofrece de su cigarrillo.

No fumo, gracias.

¿Por qué no? Necesitas relajarte.

¡Ya! ¿Lo crees?

Claro.

Ve ese hermoso cuerpo con su mano tendida hacia él y por tocarla solo un momento toma el cigarrillo. Absorbe un poco el humo y se lo devuelve acercándose a ella y haciendo lo posible por tocar de nuevo su mano.

Sabes. Creo que estas ruinas son muy parecidas a las que hay en el museo. ¿Las has visto? Le pregunta tras regresarle el cigarrillo.

Sí, pienso que son de la misma cultura. ¿No?

Claro, es probable. Si la escuela las conociera seguramente harían una barda o un edificio a su alrededor para sacarles provecho.

Sí. O el gobierno las expropiaría. Y les sacaría provecho.

Claro.

Mejor que no las conozcan.

Ojala que no.

Ella le ofrece otra fumada y él repite su técnica.

¿Y de dónde vienes, porque no traes camisa?

… Pues del museo.

Si como no. ¿Y los dejan entrar así?

Oh. Iba de otra forma.

Parece como si te hubieras ido de tu casa a vivir en la calle.

Ya ¿enserió?

Ella alza sus hombros.

Solo digo.

Eso sería toda una aventura ¿no?

No sé. Yo no lo haría.

¿No? ¿Por qué?

Me pareces conocido pero no recuerdo de dónde.

¿Será porque soy muy apuesto? Dice con intención de hacer una broma.

Ella voltea y lo ve fijamente por unos segundos.

Sí, tal vez.

Él sabe que está sucio y mal oliente, no se esperaba esa respuesta pero entiende que se la dio por cortesía entonces pregunta.

¿Bueno y que harás después de esto?

Ella cuelga su muñeca con el cigarrillo y le contesta.

De vuelta al trabajo. ¿Y tú?

No sé. Tal vez almorzar.

Bueno pues provecho. Se levanta y mira la salida.

¿Bienes seguido aquí?

Sí. Más o menos. Como a esta hora.

Bien tal vez volvamos a encontrarnos.

Talvez. Le extiende la mano y le ofrece lo que queda de su cigarrillo. Él se levanta para estar más cerca de ella y lo toma.

Gracias.

De nada.

Le rosa la mano y se va. Él cierra los ojos reteniéndose en el momento. Luego vuelve a fumar y tira el cigarrillo. Siente una sensación rara. Se dirige al hueco en el callejón para salir y ella ya no está. Camina a la calle y esta bacía. Piensa que es una buena hora para pedir unas monedas y comer algo. No desea caminar por donde vino por las cosas que le han pasado siempre que camina hacia ese lado. Gira al lado contrario y tras unos cuantos pasos…

Alguien le cubre la cabeza con una tela oscura. Otro se lanza a sus pies y los amarra. Al mismo tiempo le ponen las manos tras la espalda y también las amarran. Luego lo levantan en hombros. Uno sujeta sus pies y otro su espalda. 


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