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robadas, ni fantasmas, ni alguna vestía escondida dentro. Nos recostamos en la arena. Y platicamos un rato. A fin de cuentas esto sí había sido más entretenido que quedarme en casa. No sé cuánto tiempo paso el sol empezó a bajar. Y dijo.
—¿Vistes? Y señalo a la derecha casi al final del pasaje.
—No ¿Qué?
—¡Mira otra vez! Algo brilla.
Oh si un pequeño brillo aparecía en una pequeña cuña al final del pasaje. Corrimos a ver que era. En un hueco en la pared no muy grande ni muy profundo, de unos 50 centímetros que casi parecía esculpido había montones de monedas encimadas. Había monedas de 50 centavos, de un peso, de dos pesos, de 5 pesos y justo en el centro unas grandes columnas de monedas de 10 pesos. Bajo todas había billetes muy viejos que ya no eran válidos. Las de menos denominación estaban a los costados. Todo el hueco estaba repleto de estas moneditas, en el centro estaban las de 5 pesos y rodeadas por ellas estaban las de 10 haciendo las columnas más altas.
Había varios miles de pesos aquí. Que emocionante era esto, podría comprarme muchas cosas y tener dinero de sobra para gastar y presumir. Entonces del pasadizo escuchamos un tosido, me asome y vi alguien aproximándose, no me detuve ni un momento a inspeccionar quien era.
—¡Ahí vine alguien! —Le dije.
Él se apresuró a tomar las monedas. Entonces yo también intente tomar todas las que pude, voltee a la derecha y por ahí al final del pasadizo había un parte que se hacía más baja y una especie de caminito justo en el centro. Ya sabíamos por dónde íbamos a escapar. Entonces se me ocurrió.
—No, no todas. Debemos dejar unas cuantas aquí.
—¿Qué?
—Cómo a las gallinas. Si les quitas todos sus huevos no vuelven a poner ahí.
Solo tome las que tenía, que ya eran muchas y comencé a subir el caminito para salir, fui resbalándome pues la arenilla estaba muy suelta. Voltee para atrás y vi como él dejo un desastre de muy pocas monedas, todas regadas y llenas de tierra. Luego salió tras de mí.
Al día siguiente sentados en una tienda pensaba en lo poco observador y ensimismado que soy. ¿Cómo es que nunca había visto a esa persona en el pueblo? Seguramente llevaba años pidiendo dinero por ahí y yo nunca lo había notado. Luego vi a Roberto contento con su dinero y tomando un refresco. ¡Tarado! Seguro que si volvíamos ahí no encontraríamos nada.
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