Anterior: Cuentos Atroces parte 44
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Libro físico con Pseudónimo Especial ($430) Cuentos Atroces - SKAHD .l. | Autores Editores
¿Matar? Nunca en su vida considero esa palabra, pero ahora comenzaba a hablar seria mente de ella y era por algo mucho más allá que defensa propia. ¿Pero, como conseguiría el coraje para hacerlo?
—Vete ya o nos verán.
—¿Quién? ¿Quién nos verá?
Este hombre hizo un gesto muy discreto con su barbilla y después camino a un lado de él como si lo hubiera esquivado y nunca hubieran hablado. Él volteo y no vio a nadie observándolos. ¿Cómo podía decir que los verían? Miro para todos lados pero nadie dirigía su mirada a ellos. Caminó disimuladamente. El hambre se le imponía así que frenó su paso para recargarse en la pared y comenzar a pedir alguna ayuda. Mientras está ahí vuelve a sentirse observado y nota un fuerte olor a orines como el que siente repentinamente en el refugio. Futilmente alza la cabeza y la gira un poco. Reconoce pasando frente a él a uno de los vago del refugio, cae en la cuenta de que ha percibido ese olor al estar junto a él en el albergue. Al pasar, la sensación desaparece y lo entiende ahora. El apenas y reconoce a los vagos que duermen ahí porque siempre ha evitado verlos a los ojos, pero a él todos lo conocen, por eso se siente observado sin poder encontrar quien lo ve por qué no sé percataba de que ellos estaban cerca. Tan fuerte era su costumbre de ignorarlos, hasta en esta situación, que se impidió de ver que lo estaban vigilando. Ahora comienza a poner atención a las personas que entran y salen del pasaje comercial y a las que hay en todo al rededor en esa calle. Hay puestos ambulantes de comida y de cosas y montones de transeúntes yendo en todas direcciones, pero ahora lo nota, en la banqueta del otro lado hay un vago pidiendo limosna, por allá otro caminando y mendigando a las personas, por allá también y por allá igual. Otros salen del pasaje y otros se dirigen hacia él. Están por todas partes. Ahora ve ese mundo y mira esto como una colmena de pordioseros, pero él sabe ahora que además son asesinos.
No puede más, ve a esos infelices rogando hipócritamente por caridad, cuando lo que en verdad desean es robarles pero de su cuerpo. Escorias mal nacidas. ¿Cómo pueden ser capaces? Se pregunta aún. ¿Qué puede ser tan grave como para hacer eso, será en verdad el miedo? ¿El miedo a la muerte el que los hace matar? ¿El horror a la muerte será tanto que prefieren ocasionarla, que padecerla? ¿Qué abrías hecho tú? Le pregunta su mente. No sé, pero seguro no mataría. ¿O sí? No a causa de mi propia muerte. ¿O sí? O por lo menos no obligado. ¿O sí?... Rayos, no lo sé. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué me siento así?
Comienza a ver borroso y siente que le falta la respiración, le gana el peso de su cabeza y quiere tocar el piso, pero se detiene, no es tan estúpido como para dormirse ahí, camina y solo camina, deja que sus pies avancen y sigue caminando. Siente la mirada, voltea y lo tiene, es uno de ellos ya lo ha visto ahí, lo ve con su aspecto esquelético y las manos pegadas al frente, con su larga cara pellejoza y ojerosa, en andrajos, viéndolo irse y piensa si su mirada será de coraje o piedad. ¿Tendrá algo contra él o solo lo ve irse? Solo avanza y piensa que lo averiguará, pero como sea es mejor huir de ahí. Avanza hasta que no puede más y fuera de sí solo oye ruidos huecos y lejanos que parecen completamente perniciosos. Al fin, al sentir que los había tapado se deja caer y se recarga. Ahí se aleja de todo y a duras penas conserva su respiración. Ahhhf. Ahhhf. Ahhhf… se oye y le duele su nariz. Deja caer su cabeza… Se va, se queda, se siente perdido, no ve nada, no sabe dónde está, pero no quiere estar ahí. Se siente observado. Se arrastra y avanza, jadeando y respirando, se siente pávido y patético. ¿Quién está sobre de él? Abre los ojos, se obliga. Hay un loco ahí mirándolo y siguiéndolo.
—¡Vete¡ —le dice.
Busca algo para defenderse pero no encuentra nada. Toca su pierna en automático y siente algo ligero pegado, lo toma y siente un pequeño piquete, lo alza y lo apunta al que lo sigue. Es una jeringa.
—¡Vete! ¡Vete! ¿Qué quieres? —Suplica.
Piensa que ahora si llegará su fin, saca de sus parpados sus ojos secos e irritados. Listo para morir…
Sigue retrocediendo y retrocediendo y retrocediendo. El loco se ha quedado ahí. Solo se burla de él. No quiere ver ni pregunta más. Solo se aleja tan rápido como puede. Ve que está saliendo del callejón donde lo dejaron los de la oreja y continúa. Sin parar. No sabe a dónde. Pero continúa. Cuando no ve a nadie se detiene y se recarga.
Pierde el conocimiento.
—Al fin.
—¿Qué haces ahí? ¿Eres un borracho?
Mira su mano y ve la jeringa del de la derecha.
—¡Levántate! ¿Eso es lo que eres?
Una luz intensa cubre al que se lo dice.
—¿La niña, la haz visto?
Alguien se agacha sobre él y lo toma por la ropa.
—¿Has visto a la niña? —Le grita.
—...
Se acerca y puede distinguirlo. Es él que lo cargó.
—N, no. No he visto.
Lo empujan y lo sueltan.
—¡Si la vez avísanos!
Los ve caminar lejos de él. ¿Pero qué carajos ha pasado? Ahora esta oscuro. ¿Qué me hicieron? Avienta la jeringa y se ve tirado bajo el faro de un poste. La calle esta oscura y desierta pero a lo lejos se oye ajetreo. Y se nota luz. Ve si puede caminar. Y avanza. Tengo que acabarlos. Piensa. Y avanza dispuesto a contactar a un equipo que los mate. Se acerca al ruido y al ajetreo. Se escucha el reloj. No está seguro pero parecen las nueve. Llega a la calle Washington, está llena y ajetreada como siempre. ¿Teléfono? ¿A quién? ¿Mierda cómo hará ahora? Y ¿Todo eso en un minuto? Sus piernas le tiemblan. Le duele el piquete. Nauseas. Vomito. Nada le sale. Se tira. Se encorva.
Lo hará el mismo, acabará esto. Solo tiene que apuntar algo a la parte más oscura del refugio y ahí lo terminará. Vuelve a levantarse y busca algo que le pueda servir. El sable que tiene en su comedor le gustaría, pero eso no está aquí. Mira por todo el piso y solo ve una varilla. No importa, ya se siente muerto, por lo menos se llevará la vida de ese que se cree el dueño. Avanza con esa mirada de acecino que siente en su rostro y con la varilla muy fuertemente agarrada. La gente lo esquiva. Pero qué le pasa a este. Se alteran, comienzan a cuchichear pero no le importa, su objetivo esta fijo. Recorre el pasaje, entra al refugio y voltea a la esquina. Se ve desenmarañada. Frente al monte de tierra ve a un hombre alto tosco de espalda y vientre, con piernas enclenques. Lo mira con sus brillantes ojos y una sonrisa diabólica.
—Al fin llegas. —Dice y pela aún, más sus sonrientes dientes. —Tu contribución a la casa ha sido muy valiosa.
Dos grandes truenos se escuchan al mismo tiempo. Alza su brazo derecho y le muestra como en la mano tiene sujeta una pequeña pierna. La ve y le parecen familiares los colores. La pierna de la niña, está ahí, la tiene en su mano y se ríe por ello. Se avienta contra el dispuesto a ensartar eso en su barriga pero lo detienen, locos de todos lados lo detienen y lo echan para atrás. Se ve rodeado de todos ellos y el exceso de miedo le hace perder la idea de sacrificar su vida. Busca al dueño y no puede verlo por todos los locos que lo rodean. Sale, voltea y corre fuera del refugio. Siente como avanzan detrás de él. No mira atrás y no se detiene, corre y comienza a gritar.
—¡Fueron ellos! ¡Ellos lo hicieron! ¡Son los asesinos!
Toda la gente voltea asombrada y lo miran desquiciado, especialmente los locatarios. Fuera no se siente libre de peligro. Siente pánico, ¿si lo ven, si lo atrapan si lo golpean? ¿Qué puede hacer? Su mente le dice llama al asistente. Eso no existe aquí. Pero…
—Aaauuuuuuuh.
Repite varias veces. No sabe que está haciendo pero no tiene de otra. De todas formas está muerto. El ridículo no existe. Se pierde y desvanece en su grito entregándose de nuevo al tiempo para esperar la muerte. Consiente del momento en que sus pulmones dejarán de abatir aire. Pero no paran. Ha gritado tan fuerte y respirado tan profundo que se siente aliviado. Abre los ojos y enfoca la mirada. Frente a él está el hombre bajito que se llevó el trapo rojo. A sus lados más personas con un estilo similar en sus ropas se van aglomerando. Y pegado a su hombro un hombre fornido y maduro.
—¿Qué quieres? —Le pregunta el hombre bajito.
—Sé dónde está la niña, la tienen ahí.
Y comienza a caminar, recto hasta el albergue. Mientras siente como los otros lo siguen. Comienza una fuerte tormenta que los deja empapados antes de entrar al pasaje. Sigue derecho y con fierro en mano entra al refugio. Enviste contra el primero que encuentra y lo deja caer. Detrás de ese en el piso ve al de los goggles sin una mano y con la otra aun enroscada como binocular. A su lado la piernita. Otro loco en el piso tomando los restos. Él le embiste la varilla metiendola sin ver, lo más dentro que puede de ese cuerpo. Luego avanza hacia la esquina. Los de la tribu ven la pierna y empiezan a arremeter contra todos los demás indigentes dementes. El hombre fornido que estaba a su lado levanta la pierna y pierde el aire. El ruido de lucha y gritos se hacen sordos y lejanos. Las sombras que crea el fuego del tambo se vuelven vanas y absurdas siente como todo en su interior se derrumba y ve muerta una parte de él.
El hombre rico se aproxima a la esquina se adentra lo más que puede en la maleza y mete su varilla en todas las formas que puede esperando clavarla en los lugares correctos. Sale sangre junto con la varilla pero repite la acción todo lo que puede. Al levantar un poco la mirada ve a unos trepar por los clavos de las paredes y brincar a los techos de alado corre hacia ellos y clava su varilla de nuevo. El hombre fornido grita y comienza a moverse arremetiendo contra todos los que no conoce. Ve a una mujer arrastrarse fuera de una lona sobre maleza y algo le hace odiarla, la considera culpable de lo que tiene su hija, toma la primera piedra que encuentra y la azota contra la cabeza de ella, la ve herida y la azota más asegurándose de que no le quede vida. Voltea y lo ve a él, sobre el monte de tierra, rodeado de cadáveres en el suelo lleno de sangre. Agitado y exasperado. Con odio en su pecho. Luego lo ve derrumbarse y caer sobre la maleza.
El sol le entra en los parpados, los abre y se ve sentado fuera del pasaje en una banqueta recargado en la entrada de un local. Mira a los lados. Ve la puerta del refugio rodeada por multitud de gente, patrullas y ambulancias. Le duelen las costillas y su estómago. Recuerda lo que hizo anoche y siente una sensación de error. Algo no lo deja descansar. Se acerca a las ambulancias. ¿Qué busca? ¿Qué falta? ¿Qué le faltó? Se están llevando los cadáveres. Entra. Recorre el pasaje. Los locatarios lo ven. Siente náuseas y odio. Los odia. Llega hasta la puerta del baldío y mira sangre en todas partes y en la esquina un espacio vacío lleno de sangre en medio de maleza aplastada. Suspira. Luego da media vuelta y camina despacio por donde llego.
Lentamente y arrastrando los pies, sin mirar a ningún lado más que al piso, entra al callejón donde encontró el abrigo. Pasa junto al basurero y lo ignora, se agacha más dentro del callejón y con esfuerzo jala una bolsa. Se sienta en el piso, de la bolsa saca sus calcetines y se pone sus zapatos. Se levanta y continúa su penoso andar.
La leña de la chimenea está completamente consumida y el espacio se siente frio y desierto. A decir verdad siente más frio ahí que en el refugio. Se siente raro ante tanta tranquilidad y olores agradables. Se sienta en su sillón y ve su vaso de vidrio vacío. Recuerda las últimas cosas que pensó con ese vaso en la mano y examina su interior y lo que siente ahora. No está para nada aburrido pero siente una profunda melancolía y depresión. Suspira y se relaja en su cuerpo del cual sigue medio desconectado y aletargado. Sin embargo su mente le recuerda que está de nuevo en casa, logró volver y podrá volver a hacer todo lo que tanto añoró. Sí, así es, eso es bueno; se contesta. Pero por ahora solo quiere unos momentos más para descansar y reponerse. Luego su mente le recuerda algo más.
—¡No puedo creer que hayas hecho eso!
Era la hermosa mujer con la que tuvo el último contacto con la sociedad. Cuando ya lo había arreglado todo, pero antes quería hacer algo más, algo que dejara bien en claro su estatus y como lo que haría no era de ninguna forma por una mala racha ni por malaventuranza de su irremediable fortuna. Se le ocurrió el mejor plan para esto. Invitaría a salir a esa estilizada bibliotecaria que se mostró atraída por él a un lugar que le encantaría y con ella tendría testigo y dejaría muestra de su inigualable estatus y prueba de que lo que haría sería por pura diversión y aventura. Este plan lo llenó de emoción y alegría, su pecho rebozó de sutiles sensaciones que lo apuraban cada vez más a ponerlo en marcha y concluirlo. Y, si al terminar, ella seguía disponible y entendía el acto admirable que había hecho le propondría contacto más cercano y a ver si podrían llegar a una relación más romántica e íntima entre ambos pues en verdad de todas las que ha visto ella le apetece la más linda, culta, refinada y moldeada mujer capas de desatar todos sus instintos sensuales e irracionales y encausarlos hacia un cálido elemento y lugar, ella.
Y de nuevo estaba ahí, parado frente a ella, viéndola sostener un pedazo de periódico.
Alza los hombros con hondura y sigue con la mirada baja.
—¿Pero por qué no me dijiste? ¿O es que acaso solo querías impresionarme?
—Creo, que pude saber bien quien eras tú, antes de que supieras quien era yo.
—Tonto si no hubiera visto esto no te hubiera vuelto a hablar.
—Pues qué bueno que fue puntual.
Ella voltea la hoja de periódico que tiene en las manos y él ve el periódico donde sale su foto montando el fósil de un dinosaurio con la noticia de su desaparición. Excéntrico millonario renta todo un museo para él y su pareja y luego desaparece. Dicta el titular.
—¿Pero no lo volverás a hacer verdad?
Su limusina para frente al pasaje. Deja el balance que estaba revisando en el asiento de alado e interrumpe al asistente que le estaba dando los detalles de la inversión de toda su fortuna que había hecho antes de desaparecer. Baja y mira la entrada. No puede evitar un suspiro. Avanza recto hacia dentro. Se pará frente a la puerta del refugio sin entrar, lo ve vacío. Voltea a los lados buscando a alguien, la primera persona que pasa cerca de él le mira la ropa y el calzado. Él lo intercepta para cuestionarlo.
—¿Sabe con quién tengo que hablar para comprar este espacio?
El hombre de ojos rasgados lo mira, le parece familiar pero no. No puede ser. Se parece al vago que ahuyentó de su local una vez. Pero no hay forma de que sea él. Piensa.
—Claro señor, déjeme darle el número del administrador del pasaje, el podrá decirle. Y según sé, él dueño del espacio acaba de morir.
—Gracias, muy amable.
El hombre chino se aleja rápido a su comercio y él, da unos pasos acercándose al refugio, mete su cabeza y su corazón golpetea de pánico. Todo está completamente vacío. Y la maleza no está. Se alivia. Y al asistente que lo seguía le da instrucciones para crear un centro de asistencia humanitaria ahí.
A veces en la noche al oler la fragancia de su dulcinea despierta alterado, buscando horror en las sombras y con un extraño deseo de sumergirse en la oscuridad. A veces no puede evitarlo y se dirige a su estudio y escribe cosas como esta, donde plasma todo lo que vivió en esas noches sin dormir o al menos, lo que recuerda.
Fin.
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